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Érase una vez en una tierra inhóspita y lejana, poblada de leyendas, monstruos y verdades ocultas, un grupo de peregrinos que retaron su suerte para andar por el camino del aprendizaje y beber el elíxir del conocimiento. Su objetivo era poder llegar de nuevo hasta los humanos, comunicarse con ellos y aprender de la vida. ¡Ah! Y descubrir el secreto de la Posada de los Peregrinos.

Llegaron atraídos por el susurro del agua. Era una noche de junio, cuyas sombras darían paso, con la alborada, al solsticio de verano. Arribaron al lago en busca de la purificación, a ser parte del renacimiento de esa tierra desconocida y tan familiar al mismo tiempo… Era el inicio de un largo recorrido y debían estar preparados.


Al llegar a la orilla, un hada, emisaria del conocimiento, les pregunta:
¿Qué es lo más antiguo que existe?

Acto seguido, habiendo resuelto la pregunta, la dama bizarra les regala obsequios de protección: una pata de conejo, una ristra de ajos, un círculo de sal, una pluma de pavorreal y la herradura de un caballo.

Ya con los amuletos en mano, ella les advierte que para llegar a la Posada de los Peregrinos deberán tomar la barca de ébano en vez del puente de hamaca...

Una débil balsa los lleva a través del lago. Llegan al otro lado del aguado espejo con la incógnita de satisfacer el deseo del conocimiento. Así, emprenden el camino y siguen buscando en todo el campo abierto…



Sigue: El Castillo de Piedra